Las exposiciones permanentes
UNA (RE) VISIÓ DE LA OBRA DE PETER STÄMPFLI
De los objetos a la abstracción
Algunas de las pinturas de Peter Stämpfli están acostumbradas a hacer entradas espectaculares allá donde van. Así lo hizo en 1970 Polyester Cord, una obra de seis metros de longitud, atravesando en una lancha la laguna de Venecia hasta los Jardines de la Bienal, ante la expectación de quienes vieron cómo entraba en el edificio que el arquitecto Bruno Giacometti había proyectado para el Pabellón de Suiza.
Polyester Cord o Cavallino, que pueden presumir tanto de anchura como de altura, son dos de los iconos de la Fundació Stämpfli, acompañadas por el resto de las treinta y una obras que resumen la evolución de su trayectoria artística.
Sala A
En la Sala A se exponen obras de los años 60, cuando Stämpfli utilizó imágenes de la calle para elaborar un personal diccionario “de objetos y gestos de la vida cotidiana”.
- Gestos: pasear con gabardina, leer un periódico por la mañana o acercarse a los labios una taza de café.
- Objetos: las verduras para hacer un caldo, el volante de un coche, un tomate, una rueda delantera con guardabarros.
- Imágenes: grandes formatos, composiciones simples y fotográficas, colores vivos inmovilizados en el vacío, signos triviales sacados de contexto, pintura al óleo.
Antes de abandonar la sala, una obra en la pared del fondo, Wildcat nº 2, la de la rueda con guardabarros que gira levemente hacia nosotros, nos advierte que no es una pintura como las demás, que a partir de ella todo empezó a cambiar.
Sala B
¡Y qué cambio! En el tiempo que se tarda en bajar a la Sala B, se comprueba que estamos entrando en otro mundo. Ha desaparecido el objeto y el color; solo negros y grises en el reino del neumático. Solo el neumático y su geometría, símbolo y mito moderno de la mecanización.
Un espacio presidido por Polyester Cord y Cavallino, rodeados de otras obras de dimensiones y técnicas diversas: óleos, dibujos al carbón y a la mina de plomo, esculturas, relieves y huellas. El espectador es invitado a no limitarse a una mirada general desde cierta distancia. Conviene acercarse y comprobar que estas dos obras principales de dimensiones tan generosas son el resultado de la repetición de pequeñas y básicas formas geométricas.
Constatarlo nos permite descubrir otras, aparentemente más modestas, donde la forma exterior del neumático ha desaparecido. Lo que queda son sencillas imágenes abstractas formadas únicamente por elementos geométricos semejantes a una construcción elemental directamente emparentada con el minimalismo. Del mundo real solo quedan unos enigmáticos nombres, M + S Contact, por ejemplo, que no son más que el nombre propio de los modelos que le han inspirado.
La desaparición de cualquier indicio de figuración es aún más nítida en otra obra cercana: 195 VR 14 de 1975. Es una gran obra cuadrada, de tres metros de lado y también construida con signos geométricos elementales, unidades casi unicelulares que se organizan en franjas horizontales negras siguiendo el ritmo y la lógica de la repetición.
Sala C
En la Sala C, otro cambio insospechado. La continua investigación de Peter Stämpfli sobre nuevas posibilidades pictóricas aún inexploradas desemboca, a partir de 1990, en un espectacular renacimiento del color. La rigurosa geometría de unas formas que solo de manera lejana podemos relacionar con una derivación del neumático, se ve inundada por peculiares campos de color, vivos y planos: rojos, naranjas, amarillos, negros, azules, que juegan con nuestra mirada para inspirar nuestra imaginación.
La referencia al mundo de la representación ha desaparecido definitivamente, mientras las obras de la sala nos permiten explorar el estallido de los matices de la pintura al óleo, de la pintura acrílica, de la acuarela y del pastel. Desde 1963 hemos atravesado un puente que, a lo largo de casi 40 años, nos ha llevado desde el mundo banal de los objetos de la vida cotidiana hasta la radicalidad de la abstracción, desmintiendo la incompatibilidad entre formalismo y representación.